Cada año tenemos esta pequeña tradición que siempre intentamos mantener: escaparnos a Cadaqués un fin de semana. A unos 170 kilómetros de Barcelona y poco más de dos horas en coche, en el momento en que empiezas a bajar por la carretera serpenteante hacia la costa, sientes que entras en otro ritmo completamente distinto.
Hemos visitado la casa de Salvador Dalí en Portlligat al menos tres veces en el pasado, así que esta vez decidimos saltarnos la lista de lugares turísticos. En su lugar, nos dejamos llevar y adoptamos una actitud más tranquila y contemplativa. Pasamos los días caminando sin rumbo concreto, escuchando las olas contra las rocas, y perdiéndonos en nuestros libros.

Como ya teníamos el hábito de madrugar integrado por nuestra rutina diaria, esta vez lo aprovechamos al máximo. Nos levantamos al amanecer y fuimos directamente a uno de nuestros lugares favoritos para desayunar: El Casino, también conocido como Societat l'Amistat. Empezar la mañana allí, observando tranquilamente cómo el pueblo despertaba mientras disfrutábamos de un buen café, fue un ritual muy especial para comenzar el día.

Era exactamente lo que necesitábamos: sin prisas, sin horarios; solo tiempo para respirar, leer y dejarnos envolver por la magia de Cadaqués.